Santa Fe, Martes 11 de diciembre de 2018

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01-08-2018

Argentina, el G20 y el Libre Comercio

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Un mundo que cambia aceleradamente hacia formas mas tradicionales

En Mayo de 2016, en una nota que paso injustamente desapercibida, Serge Halimi, el Director de la Publicación Le Monde Diplomatique, escribía en su contratapa “El Rechazo al Librecambio”. Trump no era Presidente y pocos esperaban que lo fuera, demostrando un conocimiento bastante escaso, de la problemática real que atravesaba el interior profundo de Estados Unidos, que le daría un apoyo masivo a Trump, irreversible para los demócratas, y para las aspiraciones de Hillary Clinton.
 
Halimi señalaba que el rol de motor global de liberalización de los intercambios comerciales, impulsado por Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial estaba llegando a su fin. El creciente déficit comercial sobre todo en sus intercambios con China y la Unión Europa, hacían estas ideas inviables en el mediano plazo, para los intereses del “gran país del norte”.
 
A esta situación se sumaba el fenómeno de la “deslocalización geográfica de la producción”, el que venía generando la reubicación de empresas de origen norteamericano en nuevos espacios geográficos, con mano de obra más barata que la estadounidense, la que quedaba desempleada de modo masivo en algunas regiones y sectores, a partir de esta situación.
 
Pero quizás el dato más relevante, se daba al observar que cuando se diseñaron en el Hotel Mount Washington, en Bretton Woods, en 1944, los paradigmas de organización comercial y económica de la posguerra, la participación de Estados Unidos en el PBI Global rondaba el 50%. Setenta y tantos años después, nadie se atrevería a ubicarla en un porcentaje superior al 21%.
 
La estrategia proteccionista de Trump, en el marco de un déficit comercial de 300 mil millones de dólares anuales con China y de 100 mil millones de dólares anuales con la Unión Europea, no era entonces tan difícil de prever.
 
Sin embargo, da toda la impresión de que esto recién empieza. El fracaso estrepitoso de la reunión de la OMC a fines de 2017, y las clarísimas tensiones exhibidas en la Cumbre de Ministros de Finanzas del G20 en Buenos Aires, a mediados de julio de 2018, solo confirman que el mundo de la “globalización corporativa no estatal” está llegando a su final, y que es necesario en este debate, extender la mirada más allá de lo comercial. 
 
El origen del G20 a fines del siglo pasado, estuvo dado en la necesidad de “ordenar” la agenda financiera global. Años más tarde, en 2009, incorporaría a los presidentes, aspirando a contarlos como “auspiciantes solidarios” de la necesidad de “rescate” de la banca internacional, post crisis de 2008. El G20 comenzaría a funcionar desde entonces, con una tendencia cada vez más clara, de pretenderse reemplazante de hecho de Naciones Unidas, la que ya no es aquella maleable y consensual, de los 51 países fundadores.
 
Trump está calentando motores, pero aún no arranco. Su estrategia que está en etapa “comercial” tiene una segunda etapa “financiera”, confusa por ahora, con quienes la ubican en la búsqueda de la “desregulación total”, y con quienes analizan estas hipótesis, como una estrategia de negociación con China, máximo tenedor de bonos de deuda estadounidenses de la historia, para poder acordar una paz comercial, pero también financiera, perdurables.
 
El plan de trabajo del empresario neoyorquino, no se agota en recuperar superávit comercial por parte de Estados Unidos. Tiene como eje central la recuperación de la “estatalidad” como articulador de la planificación económica y de la construcción de nuevas reglas de juego globales.
 
A este escenario se suma la decisión en el mismo sentido de Vladímir Putin, en un acuerdo no tan tácito y bastante explicito, post Helsinki. El de “recuperar protagonismo estatal” en desmedro del poder de las corporaciones globalizadas.
 
De aquel mundo unipolar de libre comercio internacional, que diera origen al G20 y consolidara a la Organización Mundial de Comercio, impulsando una “gobernanza multilateral supra nacional”, no queda nada. Solo la nostalgia de los europeos, que se sienten “descubiertos” por un odiado norteamericano, que no está dispuesto a seguir financiándolos.
 
La estrategia del establishment liderado por Angela Merkel, de vincular a Trump con la amenaza del neofascismo europeo, y que les sirviera para justificar al interior de la UE el “austericidio del no hay alternativa”, resulta insuficiente para sostener la actual situación de influencia internacional europea, claramente en decadencia.
 
La idea del “humanismo europeo” que se pretende contraponer a la “insensibilidad” de Trump, se derrite como la manteca al sol, cuando vemos los miles de africanos y sirios, flotando en el mar Mediterráneo, expulsados por “la cuna de la democracia”.
 
La estrategia de “creciente influencia estatal de la economía” impulsada por un presidente republicano y norteamericano no merece valoraciones positivas a priori, pero su carácter de nueva etapa, es indudable.
 
De todos modos, es cierto que la “financierización” de la economía global, aún cabalga a sus anchas, creando problemas mucho más profundos que “la guerra comercial”.
 
Aun hay una cultura y una legislación muy “flexibles” sobre la circulación financiera internacional y sobre la creación de “derivados” que han destruido la vida y los países de millones de personas, generando una casta global parasitaria, de nuevo cuño.
 
De hecho hoy, los flujos financieros internacionales son cinco veces superiores en volumen, a los comerciales.
 
Esta desregulación, que diera origen y financiamiento a la carrera tecnológica y a la especulación en comodities de materias primas, ha llegado a un volumen de virtualidad, incontrolable.
 
Los stocks nominales de activos financieros, pasaron de representar el PBI del mundo hace 35 años, a tener el tamaño de hoy, el de casi cuatro PBI globales. 
 
El creciente deterioro de la importancia de Estados Unidos en el “mundo comercial” claramente expuesto en su déficit comercial incontenible, que hizo record histórico en febrero de 2018, ha sido “compensado” en este tiempo, por la importancia de la participación norteamericana en los mercados financieros y de divisas, a partir de ser el emisor de la principal moneda global, y de los títulos de deuda más vendidos y cotizados en el mundo.
 
Esta “necesidad compensatoria” de la economía estadounidense, produjo como efecto colateral la expansión al infinito de la influencia de las corporaciones financieras internacionales y la crisis del 2008, como consecuencia directa de tal impunidad.
 
Todos nos preguntábamos por China a esta altura del debate, y aquí es donde aparece en la real dimensión de su “guerra comercial” con Estados Unidos. El planteo de la gente de Xi Jimping, explica que si bien es cierto que el comercio con Estados Unidos es deficitario para el país de Trump, esta cuenta cambia su fisonomía cuando se incluye la cifra del “financiamiento” que China le otorga a Estados Unidos, siendo el mayor comprador del mundo, de bonos de la deuda estadounidense. Esta cuenta, mas "verdadera" modifica la ecuación.  
 
El debate actual es heredero de un estado de cosas, donde los bancos, Wall Street y sus favoritos en la Casa Blanca, Hillary Clinton y Barack Obama, se cuidaron muy bien de que no existieran organismos de “gobernanza multilateral supranacional financiera”, y cuando Argentina lo planteo como debate internacional, allá por 2013, comenzó la represalia contra su gobierno, por semejante “herejía”.
 
La agenda que Argentina llevo al G20 de 2013 en San Petersburgo tenía como ejes centrales la lucha contra las guaridas financieras y tributarias (los comúnmente llamados territorios offshore) y la búsqueda de una legislación internacional que reprodujera a escala estatal, sobre las deudas soberanas de los países, la legislación ya vigente, en relación a los términos de sustanciación del pago, de las deudas privadas internacionales.
 
La idea de los “globalizadores financieros” es bastante simple, si un país quiere regular por su cuenta a estas corporaciones financieras, enfrenta la amenaza de que se retiren y liquiden sus tenencias en ese país de modo abrupto, lo que se conoce como “golpe de mercado”, de cuya existencia y consecuencias, los argentinos tenemos alto conocimiento.
 
No solo eso pasó. Los globalizadores financieros ya habían impuesto para entonces en el G20, a partir de la crisis de 2008, un mal llamado seguro de cambio internacional, denominado con total hipocresía “too big to fail”, o “demasiado grande para quebrar”, para nosotros, los hispanoparlantes.
 
A partir de este concepto, claramente antagónico del libre mercado, los bancos centrales occidentales olvidaron sus principios de “independencia” y “no intervención” y se dedicaron con un cinismo sin precedentes, a transferir el dinero de los impuestos pagados por los trabajadores, a los bolsillos de los banqueros estafadores.
 
Gracias a esta “contribución ciudadana” al sistema financiero internacional, los 300 bancos más grandes del mundo, crecieron un 50 % desde 2009, sin contar las transacciones fuera de la regulación financiera y cuya dimensión e ilegalidad,  coloca a muchas corporaciones financieras internacionales como el HSBC y varias más, en el reino de la impunidad.
 
Todos estos inventos anti productivos y anti estatales, tienen nombres muy pretenciosos como mercados de derivados, fondeo mayorista, banca de inversión, fideicomisos y son de un tamaño bastante mayor según  se presume, al propio sistema bancario internacional tradicional.
 
Por ende, la regulación estatal internacional del sistema financiero, sigue siendo el tema más importante a resolver, si el G20 quiere tener alguna influencia positiva, en el mundo que viene.
 
La necesidad de evitar la financierización de la economía, y también de la política, con dirigentes y presidentes que funcionan como el “empleado del mes” de cualquier banca transnacional, es un problema que debería ocupar la centralidad del G20 de Argentina, como agenda impulsada por el país organizador. Sin embargo parece difícil, porque las características y la procedencia del gobierno argentino, lo ubican más cerca de Wall Street que de cualquier otro lugar, político y geográfico.
 
El G20 y el FMI han protagonizado, en la frialdad del análisis de los resultados de su accionar, un fracaso estrepitoso. Cuando empezó la crisis de 2008, la deuda pública de los países del G7 representaba un 70% de su PBI, pero hoy, esa cifra creció al 110%. En los muy mal llamados países emergentes, algunos de los cuales integran el G20,  la deuda de 2008 equivalía al 30% y hoy, al 55% de su PBI. 
 
El FMI ya no cumple la regla de “control de la banca”, porque hoy, ya forma parte de la banca, alejado de modo definitivo, de lo que fueron sus objetivos iniciales, en aquellas tardes de Bretton Woods.
 
La decisión de Estados Unidos de abandonar el libre mercado comercial y redefinir una “estatalidad internacional sin mediaciones multilaterales” aparece como el eje de las nuevas regulaciones comerciales internacionales, que impulsa de hecho ese país. Esta estrategia por ahora solo abarca lo comercial, y no llegó aún a lo financiero. Allí Estados Unidos resiste, desde Wall Street, cualquier cambio que implique modificar el status actual, del sistema financiero. 
 
Trump utiliza la “estatalidad” y su nuevo enfoque sobre el rol de Estados Unidos,  para saldar su enorme déficit comercial, pero no ha avanzado más allá hasta hoy. Tal vez sea China, quien obligue a que esos equilibrios pretendidos por Trump en lo comercial, también se trasladen a lo financiero. Su carácter de “gran acreedor” de Estados Unidos la hace aparecer en ese lugar. Putin jugara muy probablemente mientras tanto, un rol de articulador central del futuro G3, donde Estados Unidos, China y Rusia, desde sus estados nacionales y representando a sus empresas y mercados, serán los que decidan el “gobierno internacional del mundo que viene”, definitivamente tripolar.
 
Mientras tanto el gobierno argentino, desorientado y confundido, busca en los anaqueles de su biblioteca, los libros de Francis Fukuyama, sobre el fin de la historia y el triunfo de la globalización librecambista corporativa unipolar. Un mundo que solo el gobierno argentino, y muy pocas personas más, siguen creyendo que es el actual.