Santa Fe, Miércoles 3 de junio de 2020

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20-04-2020

El Mundo Perfecto de Trump y Bolsonaro

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Se debate mucho por estos días como será el mundo después de la pandemia de COVID-19, y si bien con la información existente, eso se parece más a una predicción astrológica que a un análisis de certezas calculables, lo cierto es que cruje la geopolítica global, incluso mas allá de lo que se observa a simple vista

Próximo a cumplirse el aniversario número 76 de los acuerdos de Bretton Woods en aquel julio de 1944, casi nada queda de la estrategia de “globalización” impulsada por Estados Unidos, con sus dos reajustes de principios del 70 y mediados de los 90, a cargo de Nixon y Clinton respectivamente.
 
El rol que históricamente llevaron adelante organizaciones como Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial de Comercio (OMC), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) e incluso la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) parecen haber llegado a su fecha de vencimiento, centralmente por que su inventor y principal impulsor, Estados Unidos, ya no las considera necesarias.
 
¿Cuál es la razón de semejante giro en la política exterior del gran país del Norte?
 
En principio pareciera que existe una certeza estadounidense de que la República Popular China ha podido desarrollar un entendimiento superior del concepto de “globalización” del que ha desarrollado Estados Unidos.
 
Incluso el concepto de “deslocalización geográfica”, aquel proceso iniciado hace unos cuantos años, donde las empresas occidentales decidieron radicar sus factorías en territorios del sudeste asiático, principalmente China, atraídos por su alta calidad de mano de obra, su bajo costo y la casi inexistencia de conflictividad social, ya es atacada de modo explicito por el gobierno de Donald Trump.
 
China ha podido sacar mejor provecho que Estados Unidos de la Globalización y la decisión del país de Lincoln parece hoy estar más vinculada a cambiar el reglamento, que a modificar el plan de juego.
 
Los incesantes balances comerciales desfavorables entre Estados Unidos y China, alimentan esta estrategia, e incluso la reaparición emblemática de Henry Kissinger reclamando un “hagan algo” para evitar esta debacle estadounidense.
 
La pandemia de COVID-19 trae muchas situaciones impensables hace apenas unos meses pero ratifica algunas sospechas previas: 
 
1) Para Estados Unidos la Globalización ya no es un ámbito propicio para el desarrollo de su hegemonía mundial.
 
2) En el ámbito de la Producción y el Comercio Global, China ha desarrollado una adaptación y supremacía, difícil de contrarrestar en el corto plazo con esta escenografía institucional mundial.
 
3) El liderazgo ideológico y organizativo de la lógica del neoliberalismo globalizador, promovido por las élites occidentales, ha sido reducido a escombros por la pandemia de COVID-19.
 
Estados Unidos tiene por ende, pocas chances de sobrevivir como hegemon principal del Mundo post pandemia, en este formato de globalización. Sin embargo cuenta con algunas herramientas en su defensa, mas allá de lo militar, y dos de ellas parecieran las más trascendentes:
 
a) la regulación del mayor mercado interno de consumo de bienes y servicios de medio y alto costo del mundo.
 
b) la posibilidad de imprimir de manera ilimitada para financiarse, la moneda global del mundo, el dólar estadounidense.
 
No en vano en aquel lejano Julio de 1944 Estados Unidos puso todo en la Mesa de Negociación, menos la idea de que el dólar estadounidense fuera la moneda global del mundo de posguerra. Aquel triunfo político de Harry White por sobre John Keynes y la gente de buena voluntad que aspiraba a que hubiera una nueva moneda global, que no fuera controlada por ningún país, es lo que aporto de modo determinante a la expansión estadounidense hasta nuestros días, y lo que le da chances de reformulación de la actual arquitectura institucional de nuestro planeta.
 
Es cierto que la República Popular China es el máximo tenedor de bonos de la deuda estadounidense, como también lo es, que la destrucción de la economía estadounidense seria la peor noticia para China, cuyo principal comprador en el mundo es Estados Unidos.
 
Siguiendo el hilo de muchas fundaciones y tanques de pensamiento vinculados al trumpismo, todo indica que la relación USA-China ya no volverá a ser como fue y que Estados Unidos necesita reemplazar la producción “deslocalizada” de empresas estadounidenses en China por su relocalización en otro país, incluso menos hostil a las políticas estadounidenses, para no seguir financiando el desarrollo de su rival.
 
En ese escenario por condiciones geográficas, logísticas, demográficas y sobre todo políticas aparece el Brasil de Bolsonaro. Dispuesto a entregar en ofrenda sus trabajadores, a cambio de sueldos miserables y condiciones de explotación medievales. Un nuevo “enclave relocalizado” que permita producir bienes de consumo para el estadounidense promedio a “precios competitivos” en relación a la producción china. 
 
Paso desapercibido el fallo del último 17 de abril del Superior Tribunal de Justicia de Brasil, equivalente a nuestra Corte Suprema, dando carta blanca a las empresas para cerrar acuerdos individuales para reducir los salarios y aumentar las horas de trabajo de sus empleados, de acuerdo con una ley votada por el Congreso.
 
Los ministros Alexandre de Moraes, Luís Roberto Barroso, Luiz Fux, Cármen Lúcia, Gilmar Mendes, Marco Aurélio y el presidente de la corte, Dias Toffoli, votaron para mantener la validez de este formato medieval de relación laboral.
 
Mientras tanto, de un modo que confunde a sus propios votantes, el Partido de los Trabajadores se expresa a favor de defender al Congreso que derroco a Dilma y el Superior Tribunal de Justicia que encarcelo a Lula y ratificó la flexibilización laboral.
 
Cerca de Bolsonaro festejan que haya una defensa de los personajes que conducen de esos dos poderes del estado, los que han sido absolutamente cómplices de la llegada de Jair Messias al Gobierno y que ahora Bolsonaro ha decidido arrojar a la basura.
 
El escenario de intento de reconversión de la región latinoamericana en el reemplazo de China en la producción de bienes para Estados Unidos parece ya una estrategia en desarrollo, promoviendo las peores condiciones de derechos laborales y sociales imaginables, derechos  que solo en parte estarán reservados a los trabajadores que habitan Estados Unidos, en tanto consumidores.
 
El proyecto de reconversión de provisión del mercado interno estadounidense también parece tener un objetivo institucional internacional ya mencionado explícitamente por Trump cuando dijo “el futuro es de los patriotas, no de los globalizadores”. Lo hizo a los gritos en la ONU para que todos pudieran escucharlo. El repliegue del mercado y el ascenso de la popularidad del estado, que resultan de la pandemia, parecen de utilidad a ese concepto. Discutido por los estados, sin la molesta injerencia de ningun organismo multilateral, el nuevo “plan industrial regional” incipiente, desregulado y salvaje, parece tener como eje al Brasil de Bolsonaro pero también al México de AMLO, hostigado por la pobreza y la informalidad laboral. 

En definitiva la idea de una economia capitalista de control estatal, incubada por años por China, parece haber pérmeado en las estrategias de la Casa Blanca, compradora compulsiva por estos días, de acciones de empresas estaodounidenses para evitar su quiebra. China por lo tanto tendra un enorme desafío. Probablemente deba plantearse su plan 2050 ya sin Estados Unidos como su principal comprador y con otro diseño de su política exterior.
 
Por esta latitudes, parece que Argentina estará acechada, en el marco de ese rediseño geopolítico, por la búsqueda de un neomacrismo que acompañe  al Brasil de Bolsonaro,  donde el Frente de Todos y su plan de gobierno aparecen tan solo como un obstáculo a desplazar. Este nuevo plan de Donald Trump, siempre tan menospreciado por las almas bien pensantes, depende obviamente de su permanencia en la Casa Blanca y de la continuidad de Bolsonaro en Brasil, lo que no parece tan amenazado como algunos creen. 
 
Una Argentina con derechos y justicia social, parece más cerca de su realización mirando hacia el Hemisferio Sur y el este del planeta, con una estrategia para con el Océano Pacifico, con Rusia , con el Este Asiatico y Oceania. Una mirada donde alcanzar un acuerdo estrategico bioceanico con Chile pase a ser absolutamente determinante. El “occidente moderno y democrático” al parecer tiene previsto para nosotros, solo un rol de proveedores de materias primas y mano de obra barata de enclave. Por otro lado las “garantías” del derecho internacional, para reclamar por ante el "orden multilataeral" nuestra problematica o discriminación, solo parece posible en otros planetas, cuando llegue, nadie sabe bien cuando, la era post pandemia.
 
Sería deseable  entonces, que como argentinos asumamos lo que podemos ser, más allá de lo que creamos merecer ser, porque como dijo alguien que sabía mucho de geopolítica “LA UNICA VERDAD ES LA REALIDAD”